17 de desembre de 2014

Realidad



Mis ojos querían cerrarse y caer en un profundo sueño mientras que mis manos, un tanto torpes, seguían tecleando de forma robótica el último informe de la noche.

—Te traigo un café, joven, ha sido un día muy duro, ¿verdad?

Ni siquiera levanté la vista, ¿para qué? Por muy simpático que pareciera sabía que mi jefe era un auténtico gilipollas por el simple hecho de hacerme trabajar hasta tan tarde.

—Gracias pero éste ya es el último— dije sin dejar de repicar en el teclado.

—Oh, vaya… Bueno, no importa. Te lo voy a dejar aquí de todas formas porque vuelves a pie, ¿verdad? Te servirá para no equivocarte de casa. Además, la zona por la que pasas da algo de miedo, será mejor que te mantengas despierto. Dicen que hay una maldición en ese barrio pero, quién sabe, son simples historias...

De camino a casa la maldición rondaba en mi mente, como siempre. Mi punto débil era la oscuridad y mi jefe lo conocía, así que se aprovechaba de él, ya que cada vez que me quedaba a trabajar hasta tarde soltaba gilipollezes sobre historias de miedo y, aunque yo no quería, de alguna forma u otra siempre acababa tragándomelas.

Primero el chirrido de unos frenos, luego el chillido de una mujer. En pocos segundos se había producido un accidente y yo había sido el único en presenciarlo. Mi cuerpo se paralizó y mi mente se saturó de tantas preguntas sin responder, la principal era qué hacer. Antes de que pudiera reaccionar el conductor bajó del coche muy alarmado y, tras acercarse a la mujer, retrocedió unos pasos, volvió a subir al coche y se fue a toda pastilla esquivando el cuerpo que había en el suelo. Menudo cabrón, pensé. Me acerqué para ver si seguía viva pero me detuve justo cuando estaba a punto de cruzar la carretera. La mujer se levantó por su propia cuenta sin ningún esfuerzo a pesar de estar sangrando y cuando se giró para mirarme, pude verle el rostro: su cara estaba completamente aplastada por el lado derecho y a pesar de ello, pudo dedicarme lo que se podría decir una media sonrisa. Se me heló la sangre y solté un grito ahogado. Ella, por suerte, decidió ignorarme y se dirigió hacia otra dirección caminando mientras la sangre le resbalaba por el cuello.

Llegué a casa con los pulmones ardiendo y una vez cerrada la puerta pasé el pestillo y cerré con llave para sentirme seguro.

—¿Martha? ¡¡Martha!!— la llamé mientras me adentraba en la casa—. ¿Dónde estás, joder? Es mi jefe otra vez, tío, le voy a matar algún día...—.

—¡¿Qué pasa?!— dijo gritando desde la cocina. Yo seguí su voz y fui hacia ella.

—Dios, me ha vuelto a contar una de sus malditas historias y yo estoy empezado a delirar...

Martha estaba de espaldas y al girarse pude ver exactamente el mismo rostro medio aplastado de la mujer del accidente pero con media cara de mi dulce Martha. Esbozó media sonrisa. Fue entonces cuando me di cuenta de que todo era realidad y no simples historias.


Àngela Cartil, 2n de batxillerat.
Institut Cristòfol Despuig, de Tortosa.


*Conte premiat en la categoria batxillerat en el V Concurs de microrelats de terror 2014, organitzat per la biblioteca amb el suport dels departaments de Català, Castellà i Llengües estrangeres de l'Institut Cristòfol Despuig.