11 de juny de 2016

Premis del VIII Concurs de relats breus


El 21 d'abril de 2016, en el transcurs de la gala del concurs Canta-la, es va fer entrega dels premis del VIII Concurs de relats breus que organitzen els departaments de llengües.



En català es van donar dos premis, en la categoria 1r  d’ESO i l'altre en la categoria de batxillerat:

Maria Subirats, pel conte “Amagatalls".


Nacera Charef, pel conte "La inesperada salvació de la guerra".


En castellà es van donar tres premis en les categories de 1r d'ESO, 2n d'ESO i 3r d'ESO:

Georgina Canalda, pel conte "Deimer".


Georgina Hernández, pel conte "Te quiero, princesa".


Sara Ortiga, pel conte "Magia perdida".

En anglès es va donar un únic premi, en la categoria 2n d'ESO:


Andrea Cid, pel conte "A mysterious accident".


Enhorabona!


*Podeu llegir els contes premiats al bloc de la biblioteca Calaixó de sastre.


1 de juny de 2016

Magia perdida



Ya no hay nadie que crea en el «érase una vez» o en el «vivieron felices y comieron perdices». Nadie cree en las princesas y en los príncipes azules. Ni en los sapos que se convierten en hermosos caballeros. Hemos perdido esa magia de cuento de hadas para convertirnos en una rutina perdida en el reloj que, como bien describe Cortázar, es un pequeño infierno florido. Solo los más pequeños ven monstruos bajo la cama. Y les arrebatamos su inocencia sin pensar en como nos sentimos nosotros cuando nos quitaron la nuestra.

Una vez, no hace mucho, me dijeron que se iban a cumplir todos mis sueños de princesa y me volví a sentir como una niña pequeña que espera ansiosa llegar a casa para ver lo que los reyes magos le han dejado del árbol de Navidad. Empezaron a llegarme recuerdos de cuando era pequeña y mis padres me decían que era una princesita. Una pequeña princesita que cree en el polvo de hadas, desea viajar al país de Nunca Jamás y quiere tener un castillo como el de las películas Disney. Porque todos deberíamos tener la magia de un niño para convertir unos calcetines en grandes héroes.

Que venga a rescatarme un príncipe encantado de un torreón y con un zapatito de cristal para probar que soy su princesa y me lleve a su castillo en una calabaza convertida en carroza donde platos y cubiertos bailen al son de una dulce música, y al terminar la noche me lleve volando entre las estrella a lo más profundo del mar donde dormiré plácidamente durante mucho tiempo esperando a que vuelva a despertarme con un dulce beso de amor y se repita la historia.


Sara Ortiga


*Treball premiat el el Concurs de contes breus 2016, en la categoria de segon cicle d'ESO.

Deimer



Eizan no era el típico chico abierto con la gente, que va contestando al profesor como si fuera un malote, tampoco era de esos que tenían un millón de amigos, ni siquiera de esos que tenían tal vez tres, dos... El no tenía ni uno solo, era el raro de la classe, aquel al que marginan y se burlan de él. Eizan tenía un serio problema, y es que veía cosas que no existían y oía cosas que nadie más podía oír.

Un día cualquiera, el chico volvía a casa después del instituto.

—Hola— dijo alguien.

Eizan se volteó hacia atrás para ver de dónde provenía aquella misteriosa voz. Un niño de color verde vestido con ropa negra le miraba atentamente con una gran sonrisa. Eizan no se sorprendió por ver en frente suyo un chico de piel verde, con los pelos negros despeinados y su camisa negra a juego con sus pantalones, ya que había visto cosas mucho más raras.

—¿Y tú quién eres?— contestó Eizan.
—Soy Deimer.
—¿Y qué haces aquí, Deimer?
—Hace un tiempo que te observo, siempre estás solo, y he pensado que no te iría mal un amigo como yo.

Eizan hizo mala cara, no le había gustado el comentario de que siempre iba solo.

—Déjame en paz, no te necesito—. El chico siguió en dirección a su casa sin escuchar lo que Deimer le decía.

El joven llegó a casa.
—Oye, no quería ofenderte.
—¿Deimer? ¿Como has logrado entrar? Vete, si mi madre te ve, me voy a meter en un buen lío.
—No te preocupes, ella no puede verme.
—¿Y porqué no?—. Una voz fina se unió a la conversación
—¿Con quién hablas Eizan?— su madre había entrado por la puerta.
—Con nadie mamá.
—Hijo, siempre estás hablando solo, no se yo si eso es normal, creo que tendré que llevarte al psicólogo.
—No hablo solo.
—Este es el problema Eizan, que tú crees que hablas con alguien y no es así. ¡Mañana mismo te llevaré!— y la madre salió de la habitación dando un portazo.

Eizan cogió la mochila y la tiró al suelo con fuerza. Tenía rabia, y lo que menos le gustaba era saber que su madre creía que estaba “loco”.

Estuvo yendo al psicólogo semana tras semana, mes tras mes y año tras año, hasta que tuvo que empezar cuarto de la ESO. Hacía ya tres años que conocía a Deimer y se habían hecho inseparables, como uña y carne.

A Eizan le empezaron a ir mal los estudios, ya que se passava el día jugando y hablando con Deimer y no hacia ni los deberes, ni estudiaba nada. Su madre quiso aumentar los días de terapia y le prohibía a Eizan hablar con su supuesto amigo. El chico acabó el curso como pudo y dejó el instituto. Después d’un tiempo Eizan se puso a trabajar en un supermercado.

Trás muchas y muchas horas en el psicólogo, el chico empezó a entender el que la psicóloga quería decirle, empezaba a entender porque solo él podía ver a Deimer, porque no podía tocarle, porque era verde... Eizan empezaba a descubrir que Deimer era solo fruto de su imaginación, igual que todas aquellas otras cosas extrañas que había visto durante su vida.

—Eizan— dijo Deimer mientras merendaban.
—¿Qué?— contestó.
—Creo que debo irme.
—¿A dónde?
—Lejos.
—¿Por?
—Creo que ya has descubierto que solo soy fruto de tu imaginación...
—Ya, pero eso no significa que debamos dejar de vernos, ¿no?
—Eizan, quiero que sepas que te quiero...
—Espera, Deimer, ¿pero que dices? Yo no quiero que te vayas—. Los ojos del chico se empezaron a inundar de lágrimas.
—Eizan no me olvides...—Poco a poco Deimer fue desapareciendo.
—Deimer, porfavor, porfavor no me dejes, eres mi único amigo...

Eizan se puso de rodillas al suelo y empezó a llorar, estaba solo, había renunciado a sus estudios por su único amigo, ahora estaba sin pareja, sin una carrera, sin una madre que lo comprendiera, y sobre todo sin un amigo. Y se dió cuenta en aquel instante que Deimer nunca había existido, y que había arruinado su vida, por alguien que nunca nadie vio ni oyó.


Georgina Canalda Boldú


*Treball premiat en el Concurs de contes breus 2016, categoria de primer cicle d'ESO.