27 d’abril del 2011

Don Quijote de Remolins


En una calle de Remolins de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía un gran aficionado a los videojuegos, llamado Quijote. Se pasaba horas y horas sentado frente a la pantalla del ordenador jugando a batallas y a carreras de coche. Estaba aislado del mundo, pero tenía un gran amigo, Sancho. Un día, Sancho, le desconectó el ordenador y él le dijo a Quijote que ya estaba harto, no aguantaba más que Quijote se pasara el día en el ordenador. Sancho hizo las maletas con la ayuda de Quijote y se fueron con el coche del Quijote llamado Rocinante a explorar el mundo. Pusieron rumbo a París. Se alojaron en un hotel muy pequeño situado en el centro de la ciudad. Todos los días, Quijote se fijaba en la recepcionista del hotel. Era una chica de unos treinta años, era bajita y más bien gordita, se llamaba Dulcinea. Sancho no le encontraba nada de especial, era una muchacha fea, pero Quijote se estaba enamorando de ella. Así que un día le pidió una cita a Dulcinea. Ella asintió con alegría.

Pasaba la noche y los dos se llevaban muy bien. Después de la cena, anduvieron por la ciudad hasta llegar a la Torre Eiffel. Quijote, al verse delante de la torre reaccionó de una forma muy extraña. Empezó a gritar “Extraterrestres” y se enfrentó a la torre. Dulcinea no sabía qué hacer, Quijote se había vuelto loco. Llamó a Sancho y le explicó lo que estaba pasando. Gracias a Rocinante, él llegó en pocos minutos. Al ver el comportamiento de Quijote, se quedó perplejo. Fue rápidamente a hablar con él quién le explicó que estaba viendo una nave espacial. Sancho, vio claramente que le habían afectado los videojuegos. Sancho, pensó que lo mejor era que Quijote olvidara a Dulcinea y se fueran al barrio de Remolins.

Así que dicho y hecho. La experiencia de París quedó en un pasado que nunca más se volverá a repetir.

Cristina Chavalera