21 de desembre de 2011

Perro malo


—¡David, David! ¿Estás ahí?

—¡Estoy aquí!

—¿Aquí? ¿Dónde? No se ve nada.

—Guíate por mi voz.

Así lo hice. Siguiendo las instrucciones de David, fui acercándome a él poco a poco. Me iba dando con todas las cosas de mi camino, y haciéndome daño constantemente, pero eso no importaba en ese momento.

Estaba asustada, muy asustada, y oía escuchando las palabras de David susurrando que no pasaba nada, en ese rincón del sótano; el sótano de la iglesia.

Se suponía que esa noche la íbamos a pasar en su casa, viendo películas de terror con palomitas, y acurrucados bajo la manta, pero no. Tuve que ser tonta y seguir a ese perro, el que me llevó a dentro de la iglesia. Era un edificio abandonado, y prácticamente se derrumbaba si lo tocabas de lo viejo que era. Ese perro, me llevó a la iglesia, donde una señora, se supone, estaba rezando en voz alta.

Decía cosas como que ojalá todo a su alrededor ardiera en el infierno para así dejarla a ella en paz.

—Hola, bonita, ¿quién eres? —me dijo sin girarse.

—Eh... esto... ¿Ha visto usted a un perro pequeño y blanco? Me ha parecido que ha entrado aquí y lo estaba buscando... —le dije balbuceando.

—Ah, ¿el perrito? Sí, creo que ha bajado por esas escaleras... —dijo señalándomelas, a la vez que se daba la vuelta para contemplarme.

Tenía el rostro lleno de arrugas, y le faltaban unos cuantos dientes, pero me daba igual, yo fui a por el perro. Bajé por las escaleras que me señaló la anciana, y no se veía nada, solo se oía el chirrido de las escaleras cada vez que apoyaba mi peso encima. De pronto, se encendió la luz, y se acabó mi búsqueda del perro. Estaba en el suelo, con un cuchillo en la tripa y un charco de sangre a su alrededor.

—Veo que has encontrado al perro... —me dijo la anciana desde arriba del todo de las escaleras.

—¿Qué le ha pasado? —dije asustada.

—Nada. Lo siento mucho es que me moría hambre...

En ese momento tragué toda la saliva que tenía en la boca. Estaba muy asustada, y no sabía qué hacer. Lo único que se me ocurrió fue avisar a mi novio, David. “Ayúdame, estoy en la iglesia abandonada con una anciana siniestra, ven rápido.” Tecleé esas palabras en mi BlackBerry ya que era una experta, y se lo envié por el WhatsApp. La mujer empezó a bajar las escaleras, lentamente, con una vela en la mano.

Corrí lo más rápido que pude hasta llegar a otras escaleras que iban hacia algún sitio. Y me limité a subirlas. Acabé en el altar de la iglesia, y entre los escombros me abrí paso hasta la entrada, pero, como una ráfaga de viento negra, apareció la señora. Me asusté y eché a correr hasta llegar a las escaleras por donde había bajado el perro. Vi un armario gigante, y sin pensármelo dos veces me metí dentro de él. Entonces, escuché una voz masculina, una voz muy conocida; era David. Abrí un poco las puertas para ver si había alguien, y salí.

—¡David! Estoy en el sótano. Ven, ¡rápido!

—¡Ya voy!

—¿Lucía? ¿Dónde estás? —dijo después de bajar las escaleras.

—Al lado del armario. No veo nada.

—Acércate a mí.

—¿Cómo quieres que me acerque si no veo nada?

—Escucha mi voz, y ven.

Mientras David me decía por donde estaba, yo intentaba no tropezar con nada del sótano, pero sin querer pisé algo blando, y resbalé un poco. Era el perro, entonces di un grito aterrador, pero me tranquilicé y le dije a David que no pasaba nada. Llegué hasta él, y me abrazó. Cuando rocé su piel, noté algo raro. No sabía muy bien qué era. También era distinto su cabello, era muy áspero y las uñas de sus dedos eran muy largas, como las de la anciana. Me asusté un poco y pregunté:

—David, ¿eres tú? – dije tartamudeando.

—Claro que sí, bonita. Jijijijiji...


Victoria Cobas


* Conte premiat en el II Concurs de contes breus 2011, organitzat per la biblioteca i els departaments de Català, Castellà i Llengües estrangeres de l'Institut Cristòfol Despuig.