21 de desembre de 2011

Fiel compañero II


Después de dos años en esta inmensa casa, con este inmenso patio; llena de supuestos nuevos amigos, me han preparado una fiesta de despedida, quiero volver a mi antigua casa, aunque sé que Spoke ya no va a estar allí esperándome ansioso, agitando su cola alegre y desesperado porque lo acaricie. Mamá y papá me esperan en el coche y después de la larga ronda de saludos vuelvo la vista atrás y con la certeza de que yo no pertenezco a este lugar seguí caminando hacia
el coche, donde mi padre emocionado me recibió con un fuerte abrazo. Me informan que han restaurado todo: casa y muebles, el barrio entero sintió lo ocurrido, y nuevos vecinos se han instalado.

Al llegar a casa, mi casa, una sensación rara me recorrió el cuerpo, será porque años atrás, en aquella misma casa, esa siniestra noche me dejó marcada para siempre. Todos mis antiguos amigos y el vecindario entero me daban la bienvenida con una pancarta inmensa. Al entrar,
las imágenes seguían impactando en mi mente como gotas de lluvia sobre un cristal, maldita lluvia.

Papá me dijo que en mi habitación me esperaba una sorpresa. Subí corriendo las escaleras y al abrir la puerta, desde el umbral divisé un bulto que se movía pausadamente debajo de la colcha de mi cama, me acerqué sigilosamente y al descubrir la manta, un simpático cachorro de panza rosada dormía boca arriba plácidamente, al despertarlo me saltó encima juguetón, casi en honor a mi fallecido amigo decidí llamarlo Spike.

Reuniendo todo el coraje que había en mí, decidí entrar al baño, era totalmente diferente, papá había hecho un buen trabajo reformándolo, ya no estaba la bañera, aquella en la que me tomaba largas sesiones de relax, acompañada por Spoke que dormía a los pies de esta, la misma que salpicada de sangre esa trágica noche en la que perdía mi amigo Spoke en manos de un loco perturbado; ahora en su lugar un gran ventanal, y debajo una hermosa bañera estilo romano con patas doradas, como la que siempre quise.

Me devolvió a la realidad el timbre seguido por la voz de mi padre pidiéndome que bajara. Los nuevos vecinos había decidido presentarse, un chico de mi edad me entregó una cesta de magdalenas de chocolate, según me dijo eran sus preferidas; detrás de él se escondía, por lo que deduje, su hermana pequeña de cuatro años, los padres Carol y Marc intercambiaron saludos con mis padres y me ofrecieron amistosamente hacer de canguro aquel mismo sábado; a lo que acepté encantada.

Después de salir de la bañera y observar que involuntariamente Spike había adoptado la misma costumbre que su antecesor, dormir a los pies de ésta, con una sonrisa cándida lo deje tranquilamente durmiendo. Mientras me peinaba, me sorprendí al ver una silueta reflejada en el espejo, me giré, para comprobar que no había nadie en la ventana; no le di importancia, pero me aseguré que estaba bien cerrada. Cogí las golosinas que aquella misma tarde había comprado y un par de mis libros preferidos de cuando era pequeña, dispuesta a regalárselos a la pequeña Susie, que así se llamaba la hermanita del guapo de mi vecino Alex. Al pasar por delante de la ventana del pasillo me pareció ver otra vez la silueta plantada en medio del jardín, al volver a mirar, allí no había nadie. Decidí respirar hondo y tranquilizarme.

Mi padre me dijo que fuera con cuidado y que cogiera el paraguas ya que afuera llovía, en vez de eso cogí mi impermeable azul y con los auriculares puestos me sumergí en el mar de gotas que caían. Por un momento sentí que cada gota de agua que tocaba mi cara era capaz de quitar el sufrimiento vivido durante dos años, esos en los que inútilmente fui internada en aquel centro.
Toqué el timbre y Carol me abrió enseguida la puerta, me dieron
las últimas instrucciones y me dejaron a solas con Susie. Le mostré los libros y encantada se puso a jugar con sus muñecas. Yo por costumbre, casi sin pensarlo me senté y encendí la tele; el noticiero interrumpió la película que estaban dando y en ese mismo instante como si de un déjà vu se tratara supe que aquella noche algo iba a pasar. La noticia me dejo en shock, era él, él se había vuelto a escapar.

Me quede atónita al pensar que la silueta que me observaba mientras me peinaba era él, el hombre que vi desde la ventana en medio de mi patio bajo la lluvia era él, él de nuevo.

Desesperada corrí a la puerta y la cerré, cerré puertas y ventanas, la niña asustada se aferró a mi pierna, le dije que se fuera a su habitación, que se metiera en su armario y que por ningún motivo saliera; mientras Susie subía las escaleras, me abalancé hacia la cocina donde estaba el teléfono y mientras llevaba el aparato a mi oreja vi en la encimera una hoja arrancada de unos de mis cuentos, en ella había una frase escrita: “he vuelto” Sonie.

Sin palabras me quedé y todavía más cuando reaccione que el teléfono no tenía señal. Me dirigí a la puerta principal para pedir ayuda, pero estaba tan nerviosa que las llaves se escurrían por mis temblorosos dedos, cuando conseguí acertar la llave en la cerradura noté que algo la obstruía; estaba encerrada en una casa con una indefensa niña de cuatro años a la que tenía que proteger de un psicópata.

Corrí a la habitación de Susie. Se escuchaban voces y no podía abrir la puerta, grité para que abriera, y ella desde el otro lado inocentemente me dijo que me tranquilizara que estaba jugando con sus muñecas y con su nuevo amigo Sonie.

Desesperada empecé a gritar que se apartara de ella, que abriera la puerta y que acabara con esta locura; noté el crujir del suelo cuando se dirigía hacia mí, tan cerca, que puede notar hasta su aliento desde el otro lado de la puerta diciéndome sarcásticamente entre susurros
que los locos hacen locuras. Se me heló la sangre.

El ruido de un coche aparcando el en frente de la casa me hizo pensar que todo iba a acabar. En cuanto abrieron la puerta mis gritos y llantos hicieron que la familia entera subiera. Histéricamente les conté lo que estaba pasando, Marc de una patada consiguió abrir la puerta, pero era demasiado tarde, las puertas del armario abiertas, las muñecas en el medio de la habitación y la ventana abierta de par en par.

Caí agotada al suelo y mientras Alex me abrazaba con llanto desconsolado, Marc y Carol comprobaron atónitos la escena, el cuerpo sin vida de la niña de cuatro años degollada yacía en el armario con los libros que yo misma le había regalado, en uno de ellos, abierto y escrito con un lápiz de color: “Te seguiré siempre como un fiel compañero”.


Luciana Piazza



* Conte premiat en el II Concurs de contes breus 2011, organitzat per la biblioteca i els departaments de Català, Castellà i Llengües estrangeres de l'Institut Cristòfol Despuig.