17 de desembre de 2014

Despertar



Abrió los ojos. Vio el empapelado gastado de la pared y contuvo el aliento por unos segundos, ¿dónde se encontraba?. Al incorporarse en la cama sintió el quejido de la madera podrida bajo sus pies descalzos y, a tientas, buscó espantado el picaporte de alguna puerta. Y dio con él.

Abrió temeroso para verse reflejado en el espejo del baño. Su cabello despeinado, su rostro blanco y escuálido y sus marcadas ojeras le hicieron retroceder uno o dos pasos, pero bajo la luz del satélite blanco un destello carmesí pareció brotar de la pica justo bajo el espejo y se sintió invadido por una mórbida curiosidad. Temeroso avanzó lentamente observando con cautela la demacrada imagen que el espejo le devolvía y terminó abalanzándose sobre la pica. Contempló horrorizado las piezas dentales cubiertas de un vino rojo y desparramadas, soltó un chillido que quedó en nada y observó su sonrisa en el espejo. Al abrir la boca un par dientes cayeron y repiquetearon en las baldosas frías como si fuesen cuentas caídas de un collar roto. Retrocedió rápidamente, observando en el espejo los hilos de saliva roja sobresaliéndosele de la boca y su gesto asqueroso al sentir el sabor del metal. Ni siquiera podía gritar.

Concentrado tan solo en la imagen que el espejo reflejaba de ”él”, resbaló con un objeto metálico que salió disparado hacia la bañera. La curiosidad volvió a matar el gato y observó con angustia unas tenazas cubiertas de óxido y el mismo vino rojo de la pica. De pronto y sin esperarlo, tan solo por un momento, le resultó atractiva la idea de substraer las pocas piezas sangrantes que quedaban en su boca, pero su “yo” cuerdo sintió la angustia de ambas manos exprimiéndole la tráquea con tan solo observar semejante idea. Y echó a correr.

Se abalanzó sobre lo que creía que era la puerta del cuarto para verse en un pasillo. Con tan solo el fino pijama encima, la corriente de aire frío que entraba por una ventana abierta le puso los pelos de punta. Y volvió a echar a correr. Corrió desesperado, emitiendo vagos quejidos con la garganta rasposa. Estaba aterrorizado, però... ¿de qué?, ¿de qué huía?. Buscó una sombra en la oscuridad, un aullido bajo la luna, el traqueteo de una motosierra, la risa mórbida de un maniático o el olor putrefacto de varios cadáveres, pero no encontró nada de eso, y eso lo aterrorizó, pues ¿de qué huía?.

Finalmente, la madera bajo sus pies cedió. El cuarto donde cayó estaba oscuro y olía a polvo, sintió ganas de estornudar pero se contuvo, temeroso de que nadie le oyese, porque no había nadie, y eso lo aterrorizaba.

Sintió un crujido esta vez distinto al de la madera podrida. Sudado, sangriento y con las pupilas dilatadas —debido a la poca luz—, dirigió la mirada a sus pies. Huesos, no, sus huesos. En su mente fluyeron los mórbidos recuerdos. Astillas para abrir la carne del antebrazo. Picadores de carne estrujando su propia mano mientras él mismo hacia girar la manivela como si se tratase de la caja de música de una melodía macabra. Se vio quitándose los ojos con cucharas e hincándose agujas bajo las uñas. Cuando la partitura de imágenes cesó, no se contuvo al hincarse en el vientre la astilla de uno de los huesos. Supo que nunca podría escapar de ese lugar porque, al fin y al cabo... ¿quién puede escapar de uno mismo?



Marta Santo Tomàs, 2n de batxillerat.
Institut Joaquín Bau, de Tortosa.


*Conte premiat en la categoria batxillerat en el V Concurs de microrelats de terror 2014, organitzat per la biblioteca amb el suport dels departaments de Català, Castellà i Llengües estrangeres de l'Institut Cristòfol Despuig.