1 de juny de 2016

Deimer



Eizan no era el típico chico abierto con la gente, que va contestando al profesor como si fuera un malote, tampoco era de esos que tenían un millón de amigos, ni siquiera de esos que tenían tal vez tres, dos... El no tenía ni uno solo, era el raro de la classe, aquel al que marginan y se burlan de él. Eizan tenía un serio problema, y es que veía cosas que no existían y oía cosas que nadie más podía oír.

Un día cualquiera, el chico volvía a casa después del instituto.

—Hola— dijo alguien.

Eizan se volteó hacia atrás para ver de dónde provenía aquella misteriosa voz. Un niño de color verde vestido con ropa negra le miraba atentamente con una gran sonrisa. Eizan no se sorprendió por ver en frente suyo un chico de piel verde, con los pelos negros despeinados y su camisa negra a juego con sus pantalones, ya que había visto cosas mucho más raras.

—¿Y tú quién eres?— contestó Eizan.
—Soy Deimer.
—¿Y qué haces aquí, Deimer?
—Hace un tiempo que te observo, siempre estás solo, y he pensado que no te iría mal un amigo como yo.

Eizan hizo mala cara, no le había gustado el comentario de que siempre iba solo.

—Déjame en paz, no te necesito—. El chico siguió en dirección a su casa sin escuchar lo que Deimer le decía.

El joven llegó a casa.
—Oye, no quería ofenderte.
—¿Deimer? ¿Como has logrado entrar? Vete, si mi madre te ve, me voy a meter en un buen lío.
—No te preocupes, ella no puede verme.
—¿Y porqué no?—. Una voz fina se unió a la conversación
—¿Con quién hablas Eizan?— su madre había entrado por la puerta.
—Con nadie mamá.
—Hijo, siempre estás hablando solo, no se yo si eso es normal, creo que tendré que llevarte al psicólogo.
—No hablo solo.
—Este es el problema Eizan, que tú crees que hablas con alguien y no es así. ¡Mañana mismo te llevaré!— y la madre salió de la habitación dando un portazo.

Eizan cogió la mochila y la tiró al suelo con fuerza. Tenía rabia, y lo que menos le gustaba era saber que su madre creía que estaba “loco”.

Estuvo yendo al psicólogo semana tras semana, mes tras mes y año tras año, hasta que tuvo que empezar cuarto de la ESO. Hacía ya tres años que conocía a Deimer y se habían hecho inseparables, como uña y carne.

A Eizan le empezaron a ir mal los estudios, ya que se passava el día jugando y hablando con Deimer y no hacia ni los deberes, ni estudiaba nada. Su madre quiso aumentar los días de terapia y le prohibía a Eizan hablar con su supuesto amigo. El chico acabó el curso como pudo y dejó el instituto. Después d’un tiempo Eizan se puso a trabajar en un supermercado.

Trás muchas y muchas horas en el psicólogo, el chico empezó a entender el que la psicóloga quería decirle, empezaba a entender porque solo él podía ver a Deimer, porque no podía tocarle, porque era verde... Eizan empezaba a descubrir que Deimer era solo fruto de su imaginación, igual que todas aquellas otras cosas extrañas que había visto durante su vida.

—Eizan— dijo Deimer mientras merendaban.
—¿Qué?— contestó.
—Creo que debo irme.
—¿A dónde?
—Lejos.
—¿Por?
—Creo que ya has descubierto que solo soy fruto de tu imaginación...
—Ya, pero eso no significa que debamos dejar de vernos, ¿no?
—Eizan, quiero que sepas que te quiero...
—Espera, Deimer, ¿pero que dices? Yo no quiero que te vayas—. Los ojos del chico se empezaron a inundar de lágrimas.
—Eizan no me olvides...—Poco a poco Deimer fue desapareciendo.
—Deimer, porfavor, porfavor no me dejes, eres mi único amigo...

Eizan se puso de rodillas al suelo y empezó a llorar, estaba solo, había renunciado a sus estudios por su único amigo, ahora estaba sin pareja, sin una carrera, sin una madre que lo comprendiera, y sobre todo sin un amigo. Y se dió cuenta en aquel instante que Deimer nunca había existido, y que había arruinado su vida, por alguien que nunca nadie vio ni oyó.


Georgina Canalda Boldú


*Treball premiat en el Concurs de contes breus 2016, categoria de primer cicle d'ESO.